Ayudas técnicas: cuando el apoyo no es el protagonista

Un día vi algo que me llamó la atención.

Un señor pequeño y delgado bajaba unas gradas. Para ser exacta, tenía que bajar 24 escalones. Pero lo que hizo que me quedara observándolo fue aquello que utilizaba para apoyarse.

Llevaba una sombrilla.

La usaba como si fuera un bastón. Se notaba que bajar las gradas le costaba y que avanzaba despacio. Cuando llegué cerca de él, le pregunté por qué no utilizaba mejor un bastoncito.

Se me quedó viendo.

—No, ¿para qué? Además, la sombrilla me sirve por si llueve. Es mejor.

No le respondí nada.

Pero mientras lo escuchaba pensé: sí, la sombrilla puede servirle para cubrirse si llueve, pero cuando la utiliza para aquello para lo que fue creada, se queda sin ese apoyo que parece necesitar para desplazarse. Porque se notaba la dificultad al caminar y la necesidad de apoyarse en algo.

Aun así, solo fue un pensamiento.

Le dije:

—Bueno, tenga cuidado al bajar. Que le vaya bien.

Y él siguió descendiendo aquellas 24 gradas, despacio y con dificultad, apoyándose en su sombrilla.

Yo seguí mi camino pensando en algo que, con los años, he visto muchas veces de diferentes maneras:

Qué complicados podemos ser los seres humanos.

Porque a veces necesitamos apoyo, pero aceptar esa ayuda puede resultar mucho más difícil de lo que parece. Y cuando hablamos de ayudas técnicas, no siempre hablamos simplemente de un bastón, una andadera o una adaptación. Muchas veces hablamos de algo que puede permitirnos seguir haciendo aquello que forma parte de nuestra vida diaria.

Cuando el problema no es necesitar la ayuda, sino aceptarla

Con los años he visto muchas veces que el problema no siempre es la falta de una ayuda técnica. A veces, el problema es aceptar que la necesitamos.

Hace poco llegó a consulta un señor con una alteración importante en sus rodillas. Tenía una marcha claudicante y una de ellas presentaba una deformidad bastante marcada. Cuando le pregunté si utilizaba bastón, su respuesta fue inmediata:

—No, yo no ando bastón.

Le pregunté por qué, y simplemente respondió que no le gustaba. Su esposa, que estaba cerca, explicó algo que probablemente muchos hemos escuchado alguna vez:

—Dice que van a pensar que ya está viejito.

Y allí está, quizás, uno de los mayores problemas.

Muchas veces vemos el bastón, la andadera, una barra de apoyo o cualquier otra ayuda técnica como una señal de que ya no podemos hacer las cosas por nosotros mismos. Como si utilizar una ayuda significara automáticamente perder independencia.

Pero yo lo veo de otra manera.

Una ayuda técnica no viene a sustituir lo que todavía podemos hacer. Viene a apoyarnos para que podamos seguir haciéndolo.

El bastón no es el protagonista

Cuando pensamos en una ayuda técnica, muchas veces nuestra atención se queda únicamente en el objeto: el bastón, la andadera, la barra de apoyo o cualquier adaptación.

Pero quizá estamos mirando la historia al revés.

El bastón no es el protagonista.

El protagonista es la persona y todo aquello que quiere seguir haciendo.

He conocido personas que, a pesar del dolor y de las limitaciones, siguen haciendo su vida de una manera que muchas veces sorprende. Recuerdo, por ejemplo, a una adulta mayor con gonartrosis bilateral. Vive sola, tiene dolor y algunas limitaciones para caminar, pero sigue siendo una persona muy activa.

Va de un lugar a otro, realiza sus actividades y, además, canta en el coro nacional y asiste a sus ensayos.

Su bastón la acompaña a donde quiera que va.

Pero cuando pienso en ella, no pienso primero en el bastón.

Pienso en una mujer activa, independiente y decidida a seguir haciendo las cosas que le gustan.

El bastón simplemente es el medio que le permite seguir viviendo como ella quiere vivir.

La independencia también se adapta

Cuando hablamos de ayudas técnicas, es fácil pensar únicamente en un bastón o una andadera. Sin embargo, las necesidades de cada persona pueden ser muy diferentes.

A veces, la ayuda que necesitamos no tiene ruedas, no es grande ni llama la atención.

Puede ser una barra junto al lavabo. Un apoyo cerca de la cama. Un asiento que facilite el baño. O simplemente un cambio en el tamaño del mango de un utensilio que usamos todos los días.

Recuerdo a una paciente que tuvo una hemiplejía. Al principio necesitaba ayuda para realizar algunas actividades de su aseo personal, algo que para ella resultaba difícil de aceptar.

Poco a poco fue recuperando movilidad, aunque continuaba con algunas secuelas. Su hijo, de una manera bastante ingeniosa, construyó una especie de barra paralela con varas de bambú para que pudiera practicar la marcha.

Pero no se quedó únicamente allí.

También adaptó apoyos en el baño y en su habitación. Colocó una barra cerca del lavabo para facilitar algunas actividades de aseo y otra junto a la cama, de manera que pudiera utilizar su brazo sano para incorporarse, ponerse de pie y vestirse con mayor seguridad.

Aquellas adaptaciones no hicieron las cosas por ella.

Le facilitaron seguir haciéndolas por sí misma.

Cuando cambiar la forma permite seguir haciendo

A veces, una dificultad no significa que tengamos que dejar de hacer aquello que sabemos hacer. Quizá necesitamos encontrar una manera diferente de hacerlo.

Hace algunos años atendí a una cosmetóloga que había quedado con secuelas después de una fractura. Tenía dificultades para realizar la pinza fina, no lograba cerrar completamente la mano y algunos movimientos de sus dedos estaban limitados.

Para muchas personas, esto podría parecer un problema que afectaba únicamente la movilidad de su mano. Pero para ella significaba algo más: le dificultaba utilizar las herramientas que necesitaba para trabajar.

Le enseñé una adaptación sencilla: engrosar el mango del cepillo que utilizaba para trabajar el cabello de sus clientas.

Aquello representó un cambio importante para ella. Poco a poco comenzó a adaptar también otros utensilios que necesitaba y pudo volver a realizar su trabajo.

Con el tiempo recuperó bastante movilidad en su mano. Pero durante aquel proceso, esas adaptaciones le permitieron seguir trabajando y conservar una parte importante de su independencia.

No había dejado de saber hacer su trabajo. No había perdido su experiencia. Simplemente necesitaba encontrar una forma diferente de utilizar sus herramientas.

Y eso también es una ayuda técnica: no hacer las cosas por la persona, sino buscar la manera de que pueda seguir haciéndolas.

¿Por qué cuesta tanto aceptar una ayuda?

Quizá muchas veces sean los mitos que hemos escuchado durante años.

Para algunas personas, un bastón es sinónimo de vejez. Para otras, utilizar una andadera o cualquier otra ayuda significa que ya no pueden hacer las cosas por sí mismas.

Y entonces aparece una idea que puede resultar difícil de aceptar:

“Yo todavía puedo hacerlo todo. Yo no necesito eso.”

Pero quizá el problema no sea que ya no podamos hacer las cosas.

Quizá lo que ha cambiado es la manera en que podemos hacerlas.

Y adaptarnos a esos cambios no siempre es fácil.

Durante muchos años hemos caminado, trabajado, cocinado, vestido o realizado nuestras actividades de una determinada manera. Cuando algo cambia, aceptar una nueva forma de hacerlo puede resultar complicado. A veces cuesta más cambiar el chip que aprender a utilizar una adaptación.

También está el famoso “qué dirán”.

¿Qué van a pensar si me ven con un bastón? ¿Creerán que estoy viejo? ¿Pensarán que soy dependiente? ¿Llamará demasiado la atención esa adaptación que necesito para comer, peinarme o trabajar?

Y no siempre se trata únicamente de la opinión de otras personas. Nuestra propia personalidad, nuestra manera de afrontar los cambios, las experiencias que hemos vivido y las creencias con las que hemos crecido también pueden influir en la forma en que aceptamos —o rechazamos— una ayuda.

A veces también aparece la desinformación.

Quizá nunca nos explicaron para qué sirve realmente una ayuda técnica. O quizá conocemos a alguien que utilizó un determinado dispositivo y no obtuvo el resultado esperado.

“A don Jaimito no le funcionó, así que a mí tampoco me va a servir.”

Pero las necesidades no son iguales para todas las personas. Lo que no fue adecuado para una persona no significa necesariamente que no pueda ser útil para otra.

Al final, creo que aceptar una ayuda técnica no siempre consiste simplemente en aprender a utilizar un objeto.

A veces también implica aceptar un cambio. Y los cambios, aunque puedan ayudarnos, no siempre son fáciles de aceptar.

No todas las ayudas sirven para todas las personas

Que una persona tenga dificultad para caminar no significa automáticamente que necesite un bastón.

Hace unas semanas llegó a consulta un señor que había sido operado de la rodilla y utilizaba una andadera para desplazarse. Era un señor de unos 65 años, de baja estatura y con bastante peso.

Cuando caminaba con la andadera, necesitaba tanto apoyo que prácticamente llevaba gran parte del tronco apoyado sobre ella. 😂

Mientras trabajábamos ejercicios, dolor, inflamación y la forma de caminar, me di cuenta de que él y su esposa siempre llevaban también un bastón.

Le pregunté a la esposa por qué.

Me explicó que utilizaba el bastón cuando tenía que subir al transporte público porque resultaba más práctico y ocupaba menos espacio.

Y debo admitir que, en ese momento, pensé:

¡Oh my God! Ese bastón no lo va a sostener. 😂

El problema no era que el bastón fuera una mala ayuda técnica. El problema era que, en ese momento, no parecía ofrecerle el nivel de apoyo que él necesitaba.

Para una persona que requiere poco apoyo y tiene un buen equilibrio, un bastón puede ser suficiente. Pero otra persona puede necesitar una base de apoyo mayor.

Por eso, elegir una ayuda no debería depender únicamente del diagnóstico ni de lo que resulte más cómodo para transportar.

También es importante observar cosas como:

  • cómo se desplaza la persona;
  • cuánto apoyo necesita;
  • su equilibrio;
  • la condición física;
  • el peso y tamaño;
  • las capacidades que conserva;
  • y el entorno en el que realiza sus actividades.

En el caso de este señor, la andadera podía resultar menos práctica para subir al transporte público, pero le ofrecía algo que el bastón no parecía poder darle en ese momento: mayor apoyo y estabilidad.

Porque, al final, una ayuda técnica debe adaptarse a la persona y a sus necesidades.

No debería ser la persona quien tenga que adaptarse, a toda costa, a una ayuda que no le ofrece el apoyo que realmente necesita.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) también destaca la importancia de las tecnologías de apoyo o ayudas técnicas para favorecer una vida más independiente y digna. Sin embargo, contar con una ayuda no siempre es suficiente. Para que realmente sea útil, debe responder a las necesidades de la persona y utilizarse de manera adecuada, ya que una ayuda mal elegida o sin la orientación necesaria puede terminar siendo abandonada.

La ayuda también tiene que funcionar en la vida real

Elegir una ayuda técnica no consiste únicamente en pensar qué necesita una persona desde el punto de vista físico. También hay que pensar dónde vive, cómo se mueve, qué actividades realiza y cuáles son las barreras que encontrará en su día a día.

Y créanme, el entorno puede marcar una gran diferencia.

El municipio donde trabajo tiene una topografía bastante particular. 😂 A veces parece que, o vives en la punta de un cerro, o vives al fondo de un hoyo. Y eso puede convertirse en una verdadera dificultad para una persona que tiene problemas de movilidad.

Las gradas, las pendientes, los caminos irregulares y las características de las viviendas pueden hacer que una ayuda que parece adecuada en teoría sea difícil de utilizar en la vida diaria.

Sin embargo, las barreras no siempre significan que no se pueda hacer nada.

Recuerdo nuevamente a la paciente con hemiplejía. Vivía en una zona rural y su casa tenía piso de tierra. Las condiciones estaban lejos de ser las ideales, pero su hijo observó lo que su mamá necesitaba y buscó soluciones con los recursos y el espacio que tenía.

No era un profesional de la salud. Trabajaba en el campo y tenía ganado. Pero se fijó en cuál era el brazo más funcional de su mamá, reorganizó algunos espacios y hasta cambió la posición de la cama para que ella pudiera aprovechar mejor sus capacidades.

En un corredor construyó unas barras utilizando materiales disponibles. Allí ella practicaba la marcha. Dentro de la casa colocó otros apoyos que le facilitaran levantarse, asearse y vestirse.

La casa no cambió por completo.

Pero algunas cosas dentro de ella sí cambiaron, y esos cambios hicieron una diferencia en la vida de aquella señora.

A veces no necesitamos un entorno perfecto. Necesitamos observar qué barreras existen y buscar, dentro de nuestras posibilidades, maneras de reducirlas.

Pero también hay barreras que no dependen únicamente de la creatividad o del esfuerzo individual.

Conozco a alguien que, antes de una cirugía de cadera, era completamente independiente para desplazarse. Utilizaba el transporte público y se movía de un lugar a otro por su cuenta. Después de la cirugía, su situación cambió.

Han pasado varios años y, aunque puede desplazarse en otras condiciones, no vuelve a utilizar el transporte público. Para salir depende de que alguien la lleve o debe pagar un servicio de transporte.

En este caso quizá parte de la dificultad ya no sea únicamente física. También pueden influir el temor a lastimarse, la inseguridad o el recuerdo de una experiencia difícil.

Y eso también forma parte de la vida real.

Porque no todas las barreras se ven.

Algunas están en las gradas. Otras en el transporte. Algunas están en la falta de accesibilidad. Y otras pueden estar en el miedo que queda después de una lesión o una cirugía.

Incluso encontramos barreras en lugares donde menos esperaríamos verlas. Por ejemplo, espacios educativos o de atención que todavía no cuentan con condiciones adecuadas de accesibilidad.

Por eso, cuando pensamos en una ayuda técnica, no basta con preguntarnos:

¿Qué ayuda necesita esta persona?

También tenemos que preguntarnos:

¿Dónde y cómo va a utilizarla?

Porque una ayuda puede ser adecuada en teoría, pero si no encaja en la vida real de la persona, puede terminar olvidada en una esquina.

La ayuda nunca fue el protagonista

Después de ver tantas personas que podrían beneficiarse de una ayuda y que, por diferentes razones, deciden no utilizarla, he llegado a entender algo: no siempre es fácil cambiar la manera en que vemos las cosas.

Podemos explicar que un bastón no significa automáticamente vejez. Podemos mostrar que una barra puede facilitar el baño, que un mango engrosado puede permitir seguir utilizando una herramienta o que una andadera puede ofrecer el apoyo que una persona necesita.

Debemos enseñar, orientar y buscar alternativas.

Pero aceptar una ayuda también es un proceso personal.

Algunas personas cambiarán su manera de pensar. Otras quizá necesitarán tiempo. Y algunas, simplemente, seguirán viendo las cosas de la misma manera.

Y creo que también tenemos que aprender a reconciliarnos con eso. 😂

Porque quizá no podemos obligar a alguien a utilizar una ayuda técnica. Pero sí podemos intentar que comprenda que utilizarla no significa necesariamente que ya no pueda hacer las cosas por sí mismo.

A veces puede significar justamente lo contrario.

Puede ser el apoyo que le permita seguir caminando, seguir bañándose, seguir saliendo, seguir trabajando o seguir participando en aquello que disfruta.

Quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos antes de rechazar una ayuda:

No solo “¿necesito esto?”, sino “¿qué podría permitirme seguir haciendo?”

Porque al final, el bastón, la andadera, una barra o una adaptación nunca fueron los protagonistas de la historia.

El protagonista siempre es la persona y la vida que quiere seguir viviendo.

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